La niña y el volcán
El largo atardecer le permitía hacerse camino por la selva. Todo era verde y de repente todo era ocre. El agua se volvía vapor sobre el calor del suelo desértico. ¿Qué es ese fulgor?, ¿acaso no caía el día? La niña se detiene eclipsada por el destello de un volcán. El magma que emerge con furia y desenfreno quiere decirlo todo: quienes somos, de dónde venimos, de qué estamos hechos. La niña desearía tocarlo, pero sabe que su calor la destruiría. Cierra los ojos, huele a tierra mojada, a humo, a vida, a muerte. Una vez más deberá conformarse con la inexacta reconstrucción de los recuerdos. Frunce el ceño e intenta guardar esa imagen para siempre. “No soy un volcán, soy un fantasma que habita el monte”. Esa voz la despierta. Ahora todo es ruinas. Los picos se elevan al cielo o desfallecen en las fisuras de la tierra reseca. Restos de una escenografía del mesozoico. Se agacha suavemente, apoya sus manos en el suelo e intenta mirar por una grieta: allí abajo todo se mueve, aquí arriba la decepción de lo ya acontecido. Se recuesta a los pies del volcán, como dos amantes condenados a nunca tocarse. Solo los une la materia. Y la furia. Y la calma. Ahora, todo comienza a enfriarse.

Texto: Horacio Silva

La niña y el volcán, muestra colectiva, Rosalba Mirabella y Rodro Cañás.
Curador: Hugo Albrieu. Galería Un Muro, La Rioja, 2019.

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